Lo ridículo de las alegorías
Se evidencia en aquel preciso instante de los nombres.
Y si decís nube,
Yo te creo y veo lluvias
(como para acompañarte nomás).
Repto,
Y fracaso,
lamo las manos de aquel que escribe en mí
o sueña en mí.
Si tuviera ese próspero pulso para quebrar los alfabetos,
no tendría que corromper mi voz
que siempre se confunde entre tanta palabra ajena.
Parece una pesadilla,
Sin embargo,
todavía no se han agotado las ventanas.
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